Hablar de los comportamientos sexuales de hombres y mujeres en la Edad Media resulta apasionante pero en extremo difícil, pues el tema, que ha sido un tabú en la mayoría de las sociedades occidentales, ha dejado escasos vestigios. Esos rastros, curiosamente, vienen de personas a quienes les estaba vedado copular: los clérigos de la Iglesia católica. Dada la necesidad de procreación de “almas que poblaran el paraíso” y la imposibilidad de evitar las relaciones sexuales de la feligresía, los religiosos se dieron a la tarea de ejercer un mayor control sobre su sexualidad con la justificación de salvarlos del pecado. En documentos como sermones y penitenciales (catálogo de penitencias) quedaron consignados los límites dentro de los cuales eran lícitas las prácticas sexuales. A la par, tras las prohibiciones y penitencias, se develaban las caricias, gestos, posiciones o hábitos sexuales que se podían ejercer.